Después de una vida de excesos y preocupado por una serie de síntomas nuevos que no presagian nada bueno, el Profesor Franz finalmente decide acudir al médico. Éste, tras estudiar los análisis y realizarle una exploración física le diagnostica un serio problema gástrico que, efectivamente, puede ir a peor. Pero como es colega y no quiere tampoco amargarle las inminentes fiestas, se limita a prohibirle el tabaco, quitarle de la dieta algunos alimentos como el botillo, recomendarle mesura en la ingesta de bebidas alcohólicas, grasas y dulces, y recetarle una caja de omeprazol. Al escuchar la prescripción terapéutica, el Profesor Franz salta de su asiento y agarrando al médico por las solapas de la bata le increpa:
- Insensato! Tú lo que quieres es matarme! Yo lo que necesito es una dieta restrictiva radical durante el resto de mi vida! Terminantemente prohibido el alcohol, las grasas, cualquier tipo de azúcar, el chocolate y las especias. Y muy limitada la ingesta de huevos, pastas, féculas, productos cárnicos y bebidas carbonatadas. Y por supuesto perder peso y hacer ejercicio diario. Eso es lo que yo necesito, y no paños calientes!
Se lo creen? Que no?! Pues sigan leyendo
Lo que pide el Profesor Franz es lo que todos nosotros estamos pidiendo a nuestros representantes políticos que hagan en la Cumbre de Copenhague sobre el cambio climático. Que se dejen de paños calientes y que apliquen las medidas necesarias para evitar que aumente el daño irreparable que años de crecimiento incontrolado ha causado al planeta. De lo que no estoy tan seguro es de que todos sepamos lo que realmente estamos pidiendo, y menos aún si estaremos dispuestos a seguir el estricto régimen que nos salvaría durante el resto de nuestras vidas.
Se acabó el ir en coche al trabajo y las escapadas de fin de semana. Terminantemente prohibidos los vuelos baratos y los puentes de cuatro días en Amsterdam. Nada de aire acondicionado ni de electrodomésticos funcionando a tope. Restricciones de electricidad y calefacciones a medio gas. A subir otra vez escaleras… Y eso sólo en el ámbito doméstico. Imaginaos las consecuencias para el crecimiento económico y el desarrollo cuando aún no le vemos el final a la presente crisis. Imaginaos la pérdida de empleos en la industria automovilística o la aeronáutica, en el transporte por carretera, en la industria pesada, en el sector servicios. Imaginaos esas mismas consecuencias en los países en desarrollo.
Pues eso es lo que se están imaginando vuestros representantes políticos. Y saben que, si finalmente adoptan las medidas necesarias, tendrían que volver a sus países y contárselas a sus representados. Y en los países democráticos lo peor que les podría pasar es que no salieran reeligidos, pero en los otros podrían acabar colgados de una grúa por las masas cabreadas. Así que, por qué no dejar que la decisión la tomen otros dentro de unos años?
No soy pesimista ni catastrofista, todo lo contrario. Pienso que las medidas restrictivas son necesarias y que finalmente acabarán llevando a un modelo económico y productivo más acorde con las nuevas circunstancias y, por tanto, más sensato. Pero mientras se llega a ello nos va a tocar pasarlo mal durante bastante tiempo. A nosotros, a nuestra generación. Y no creo que estemos preparados psicológicamente para que el médico nos quite de golpe y para siempre todo lo que nos gusta.
Que razón tiene Usted querido Profesor. Estamos ya tan acostumbrados a la buena vida que a ver quién tiene los huevos suficientes para decirnos que dejemos a un lado todas aquellas comodidades a las que nos hemos acostumbrado. Comodidades que, por otra parte, ni siquiera nuestros padres hasta hace relativamente poco tiempo disfrutaron.
Piensen si no en las casas actuales, pobladas de aparatos de calefacción, aire acondicionado y electrodomésticos de todo tipo y condición. O qué decir del automóvil, verdadero rey de nuestro presente consumista, con uno como mínimo en cada casa; o del teléfono móvil…
En fin, seguro que a nuestros lectores se les ocurren más ejemplos de las comodidades que el sistema ha ido metiéndonos hasta hacérnoslas sentir como imprescindibles.
Un servidor aun recuerda aquellas siestas veraniegas, de persianas bajadas y botijos de agua fresquita.
Por cierto Profesor,cuídeseme el estómago que ya sabe Vd. como le sientan los excesos típicos de estas fechas.